Reflexiones de Adviento inspiradas en las doctoras de la Iglesia

Michelle Jones | OSV News

Si estamos convencidos de que Dios nos ama, podemos ser un reflejo de la vida de Jesús en el mundo. La llegada del Adviento nos invita a ir más allá de la falsa seguridad de quien se conforma simplemente con ser virtuoso, y a entregarnos con valentía al amor de Dios, como lo hacen los santos.

Sin embargo, nuestros sentimientos y las circunstancias de nuestra vida y el mundo que nos rodea muchas veces nos impiden permanecer arraigados y firmes en el amor de Dios. Afortunadamente, el mismo Adviento que nos llama a vivir de esa manera también nos da los medios para hacerlo. Estas semanas son un tiempo propicio para cultivar la confianza en la verdad de que, por más oscuras que parezcan las cosas, Dios nos ama profundamente. Y al vivir esta convicción, aprendemos cada vez más a llevar a Cristo a los demás con renovada luz.

Al contemplar los temas del Adviento con este espíritu, nos acompañan cuatro mujeres extraordinarias, doctoras de la Iglesia, que pusieron toda su esperanza en el amor de Dios: Teresa de Lisieux, Hildegarda de Bingen, Teresa de Ávila y Catalina de Siena.

Santa Teresita de Lisieux y el valor de la constancia

Es natural que vivamos al ritmo cambiante de nuestras emociones. Un día estamos preocupados por las finanzas, los plazos o los resultados de análisis médicos, y nos encerramos en nosotros mismos o perdemos la paciencia con quienes nos rodean. Al día siguiente, sentimos que tenemos el control de nuestra vida y que nos va bastante bien, por lo que irradiamos alegría y paz al mundo.

El Adviento nos despierta de ese letargo de dejarnos llevar por nuestros sentimientos y nos invita a “mantenernos despiertos” antes las exigencias de la fe. (Mc 13, 33-37).

Por muy importantes y fuertes que sean nuestras emociones, la fe nos llama a no dejarnos absorber por ellas ni a identificarnos con ellas. Al contrario, nos invita a ir más allá de su inestabilidad y a vivir siempre atentos a la verdad de que el amor de Dios nos sostiene a cada instante. Nuestros miedos o estados de ánimo pueden seguir ahí, pero si elegimos vivir según la fe, conscientes de que somos amados sin medida y con pasión, seremos para los demás una presencia viva de Dios.

Un don particular de Santa Teresa de Lisieux fue vivir siempre atenta y confiada en el amor que Dios le tenía, convirtiéndose así en un faro inquebrantable de la bondad divina. La dulzura de su estilo literario quizá nos haga pasar por alto su firme decisión de no dejarse dominar por sus emociones cambiantes. Sin embargo, esa decisión constante de permanecer atenta y receptiva al torrente del amor de Dios se hace evidente en su actitud frente a la dura prueba de fe que marcó los últimos dieciocho meses de su vida.

Tras describirle a su priora su experiencia de una implacable “noche de la nada” en la que “todo ha desaparecido”, Teresita expresa su confianza inquebrantable. Escribe: “Madre querida, tal vez le parezca que exagero mi prueba. De hecho, si juzga por los sentimientos que expreso en mis pequeños poemas escritos este año, debo parecerle un alma llena de consuelos, a quien casi se le ha rasgado el velo de la fe; y, sin embargo, ya no es un velo para mí, sino un muro que llega hasta el cielo y cubre el firmamento estrellado. Cuando canto la felicidad del cielo y la eterna posesión de Dios, no siento ninguna alegría, pues canto simplemente aquello que quiero creer”.

Al menos un día de esta semana, intenta vivir según el espíritu de Santa Teresa de Lisieux: no te dejes llevar por tus sentimientos cambiantes, sino actúa según aquello que eliges creer.

Santa Hildegarda de Bingen y la fuerza del Espíritu Santo

¿Cómo podemos vivir realmente como el Adviento nos invita a hacerlo? El frenesí y las preocupaciones de la vida cotidiana con frecuencia nos absorben por completo. En medio de las incertidumbres y la rutina, ¿cómo podemos vivir con la certeza de que Dios nos ama y ser reflejo del Dios vivo para los demás? ¿Se trata simplemente de una cuestión de fuerza de voluntad espiritual?

Juan el Bautista promete que Jesús “los bautizará con el Espíritu Santo” (Mc 1, 1-8). El Espíritu Santo nos permite participar plenamente de la vida de Jesús y vivir según ella. Esto significa que cada decisión que tomamos para permanecer en la verdad de que somos amados por Dios, aunque es, sin duda, una decisión personal, tiene a la vez un origen misterioso: participar en el “sí” confiado de Jesús al vivir como el Hijo amado de Dios.

En todo momento, independientemente de nuestras circunstancias internas o externas, permanecemos en el amor trinitario gracias al Espíritu Santo; solo tenemos que elegir participar de él.

Los escritos de santa Hildegarda de Bingen están impregnados de una conciencia viva del poder transformador del Espíritu Santo. Para Hildegarda, el Espíritu Santo es la fuente de “viriditas”, o fuerza vital: esa frescura, vitalidad y dinamismo que da vida a todo lo creado, tanto en el orden físico como en el espiritual.

En las últimas líneas de una carta que Hildegarda escribió a una amiga, podemos percibir su visión de lo que significa ser bautizados en el Espíritu Santo: “Que Él te unja con la fuerza del Espíritu Santo y realice en ti obras buenas y santas mediante la devoción con que los verdaderos adoradores alaban a Dios”. La fuerza para vivir con confianza como hijos e hijas amados de Dios no proviene de nuestros propios medios. Es el Espíritu Santo quien hace florecer en nosotros esa vida nueva, con nuestra colaboración.

En su “Antífona al Espíritu Santo”, una vez más escuchamos a Hildegarda describir el poder del Espíritu Santo para hacer que la vida divina eche raíces en nosotros. Esto resuena a través de los siglos, y llena de esperanza y renovación el tiempo de Adviento:

El Espíritu de Dios / es una vida que da vida, / raíz del árbol del mundo / y viento en sus ramas. / Limpia el pecado, / unge con aceite las heridas. / Es vida resplandeciente / que atrae toda alabanza, / que todo lo despierta, / que todo lo resucita.
Tómate un tiempo esta semana para contemplar la creación que te rodea. Busca signos de vida y esperanza en medio de lo que parece dormido o estéril. Pide al Espíritu Santo que despierte esa vitalidad sorprendente en aquello que permanece dormido en tu vida interior, para que renazcan la alegría, la fuerza y el compromiso.

Santa Teresa de Ávila y el encuentro con Jesús

Puede resultar sencillo para los católicos comprometidos pasar por alto la descripción de Jesús en el primer capítulo de Juan como alguien a quien “no reconocemos”. ¡Nosotros lo conocemos! Vamos a Misa todos los domingos y comprendemos la esencia de los Evangelios. Sin embargo, el Adviento nos desafía a cuestionar nuestra cómoda presunción de que conocemos al Señor y nos invita a profundizar nuestra relación personal con Él.

En definitiva, nuestra decisión de cooperar con la ayuda divina del Espíritu y de vivir con la convicción de que somos amados por Dios consiste en crecer en nuestra unión viva con Jesús. En el tiempo de Adviento se nos invita a abrir nuevamente, o tal vez por primera vez, la mente y el corazón a ese amor que se entrega sin medida, a ese afecto totalmente atento, encarnado y accesible para nosotros en la persona de Jesús.

La tradición espiritual cristiana enseña que rezar con los Evangelios es una forma muy eficaz de llegar a conocer a Jesús más íntimamente. Santa Teresa de Ávila nos ofrece una enseñanza muy valiosa al respecto. Para ella, los Evangelios son un terreno fecundo para centrar nuestra atención en Jesús y hablar con Él desde la fe.

Santa Teresa nos muestra de un modo hermoso cómo hacerlo al contemplar a Jesús en el Huerto de Getsemaní. Mientras escribía a sus hermanas sobre la oración, irrumpe espontáneamente en una plegaria: ¡Oh, Señor del mundo, mi verdadero Esposo! (…) ¿Estás tan necesitado, Señor mío y Amor mío, que deseas recibir una compañía tan pobre como la mía? Pues veo en tu rostro que te he consolado.

Santa Teresa afirma aquí, de manera sorprendente, que podemos consolar al Señor en sus sufrimientos. Cuando nos enseña a encontrarnos con Jesús en los Evangelios, no se refiere simplemente a un ejercicio de la imaginación ni a reconstruir mentalmente una escena del pasado. Habla de encontrarse con una persona viva.

Ella comprende que los episodios del Evangelio no han quedado atrás ni pertenecen solo al pasado. El Jesús que vivió entonces vive ahora, y toda su vida terrenal permanece viva en Él; del mismo modo que fue para las personas con las que se encontró en el pasado, así es para nosotros hoy. Por lo tanto, realmente podemos ser quienes tocan su manto, le piden misericordia, le suplican el agua viva o quienes lo consuelan. Los relatos de los Evangelios son verdaderamente caminos que nos llevan a profundizar nuestro conocimiento del Jesús vivo.

Santa Catalina de Siena y la identidad cristiana

¿Acaso María perdió su propia identidad en la Anunciación (Lc 1, 26-38)? ¿Su generosa respuesta “He aquí la sierva del Señor” marcó el fin de su propia historia al comenzar su vida como la Madre de Dios? Por el contrario, al aceptar el plan divino, María abrazó plenamente su identidad más profunda. Su testimonio nos invita a detenernos y reconocer el mismo florecimiento en nuestras propias vidas, o al menos su posibilidad.

Durante el tiempo de Adviento hemos pedido que nuestras vidas reflejen cada vez más la gloria de Dios. Irradiamos su presencia en la medida en que vivimos desde la verdad de que Dios nos ama; esto implica conocer más íntimamente al Dios revelado en Jesús, cooperar con el poder transformador del Espíritu Santo y entregarnos sin reservas a ese amor que nos sostiene en todo momento, contra viento y marea. Participar de la vida divina significa permitir que florezca nuestra identidad más profunda. Nos convertimos en luz para el mundo y alcanzamos nuestra plenitud cuando nos dejamos amar.

Santa Catalina de Siena comprendió con claridad que nuestro verdadero yo florece a medida que crecemos en unión con Dios. Su oración “Mi naturaleza es fuego” nos lleva a una comprensión audaz de lo que somos y enriquece profundamente el sentido de lo que nuestra vida en Cristo puede ofrecer a los demás.

La oración dice así: “En tu naturaleza, Dios eterno, llegaré a conocer mi naturaleza. ¿Y cuál es mi naturaleza, amor sin límites?

“Es fuego, porque Tú no eres sino un fuego de amor. Y has concedido al ser humano participar de esta naturaleza, pues con el fuego del amor nos creaste. Así también con todas las demás criaturas: las hiciste por amor. ¡Oh, gente ingrata! ¿Qué naturaleza le ha dado su Dios? ¡Su propia naturaleza! ¿No te avergüenzas de apartarte de algo tan noble por la culpa del pecado mortal? Oh, Trinidad eterna, mi dulce amor. Tú, luz, danos luz. Tú, sabiduría, danos sabiduría. Tú, fuerza suprema, fortalécenos. Hoy, Dios eterno, disipa nuestra oscuridad para que podamos conocer y seguir perfectamente tu Verdad en la verdad, con un corazón libre y sencillo. ¡Dios mío, ven en mi ayuda! ¡Señor, date prisa en socorrerme! Amén”.

El Adviento nos recuerda nuestra vocación trascendente y, al mismo tiempo, la hace germinar en nosotros. Durante este tiempo sagrado, el Espíritu Santo va moldeando nuestras vidas según el “sí” de Jesús al amor del Padre, transformándonos en reflejos vivos de la ternura divina.

Este Adviento, guiados por la sabiduría de las mujeres doctoras de la Iglesia, abramos el corazón al poder transformador del amor de Dios como nunca antes. Nuestro mundo necesita que lo hagamos.

En la foto de arriba: Una combinación de fotografías muestra imágenes de santas Teresita de Lisieux, Hildegarda de Bingen, Teresa de Ávila y Catalina de Siena. (Archivos de OSV News)
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Author: OSV News

OSV News is a national and international wire service reporting on Catholic issues and issues that affect Catholics.

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